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User / Jesús Nicolás Sánchez / La zorra II
Jesús Nicolás Sánchez / 95 items
Como no podía ser de otra manera hicimos algunos retratos de nuestra amiga la zorra (Vulpes culpes). Es imposible no quedar cautivado por esos ojos felinos de un cálido color miel. Imposible. Si me oyera (o leyera) más de un ganadero o agricultor diría que estoy como una verdadera cabra (lo cual para mí podría llegar a ser un halago), puesto que él en sus ojos solo ve malicia y problemas.

Yo en sus ojos veo resistencia y supervivencia pura. Y belleza, mucha belleza. A veces pienso la suerte que tenemos de contar con esta especie entre nosotros, ya que gracias a su amplia distribución tenemos la oportunidad de verla con relativa frecuencia. Además su plasticidad ecológica y su capacidad de aprendizaje hacen que podamos llegar a tener encuentros incluso más cercanos de lo deseados con ella.

Hace dos o tres de meses, hacíamos yo y mi telescopio una espera vespertina al lobo en el Sistema Central. El lugar era un rincón muy alejado de cualquier aparcamiento y de cualquier ruta senderista o montañera, al que se accede después de un notable pateo, por lo que me sorprendió mucho que un zorro se acercara hasta mi posición, algo que sería mucho más normal en un enclave turístico. De quince metros, se acercó a diez, luego a cinco y yo sin moverme y sin poder hacerle ni una sola foto (tenía incluso el móvil separado de mí). Cuando llegó a la altura de mi pie izquierdo yo estaba estupefacto ya. No me creía la suerte que estaba teniendo, y tampoco entendía la actitud de este animal concreto. Tengo que decir aquí, que he tenido la posibilidad de vivir en primera persona numerosas anécdotas con los zorros, como que me huelan la cara mientras intentaba conciliar el sueño en el saco de dormir, o tener que salir corriendo de madrugada detrás de otro porque se había llevado las zapatillas que teníamos a los pies de los sacos y tenerlas que buscar por debajo de los coches en un aparcamiento de montaña. Incluso en una ocasión en los Alpes preparé a tiempo el teleobjetivo ante la evidencia de que un zorro iba a robar la merienda a unos turistas incautos que, sentados en la hierba, le alargaban trozos de pan sin saber que tras lo que iba el zorro era la bolsa de la comida. Pues bien, volviendo al relato, segundos después de situarse al lado de mi pie lanzó un quiebro brusco y agarró la bolsa de mi comida y salió con ella corriendo. No me lo podía creer, seré cateto, cómo he podido ser yo ahora tan incauto. Se me había olvidado por completo que al sentarme para hacer la espera había cogido también mi comida por si acaso tenía hambre. Ahora veía al bicho corriendo ladera arriba con toda mi cena, desayuno y comida del día siguiente. Seguro que mi cara era un poema. Me llamé de pánfilo para arriba, de todo.

La historia no acabó ahí. El pobre animal tuvo la mala suerte de morder la bolsa por su base, con lo que fue perdiendo todo su contenido mientras subía ladera arriba (por suerte para mí, claro). Tras comprobar que lo que llevaba en la boca había perdido todo su peso, la soltó, viendo cómo yo iba decidido hacia él recogiendo todas "nuestras" viandas, y digo nuestras porque por unos momentos habían sido también "sus" viandas.

Esa noche, me metí en el saco viendo las estrellas y recordando lo que yo suponía en aquel momento que iba a ser todo lo sucedido, solo otra anécdota más para contar a mis nietos. Ingenuo. La bolsa de comida y sus deliciosos olores estaban a buen recaudo junto a mi cabeza y brazo derecho, dentro de la mochila, para cubrirme del aire por ese lateral. Cuando entraba en ese estado de duermevela en el que ya casi estás en brazos de Morfeo, noto junto a mi rodilla izquierda que un animal me levanta la esterilla y me golpea con cierta contundencia la rodilla. ¿Un sapo?, ¿un erizo?. Me incorporo y no veo nada, en absoluto se me ocurrió que podría ser mi amigo el zorrete. Miro alrededor y todo es silencio y quietud, ni el más mínimo sonido que me haga pensar que había un sapo alejándose, o cualquier otro animal nocturno. Me echo de nuevo para atrás y no ha pasado ni un minuto cuando un golpe verdaderamente fuerte, con ganas, sin cortarse un pelo, me golpea en el hombro derecho, a pesar de estar tumbado contra la mochila. El susto que os podéis imaginar que me llevé hizo que levantara varios palmos del suelo, creo que volé. Levité. El corazón se me salió al galope y no lo perdí porque estaba dentro del saco. Los ojos igual. La frontal no consiguió encontrar nada, ningún ojo mirándome desde el matorral que me rodeaba, nada. Los oídos intentaban averiguar algo y tampoco. Ni un sonido, ni un ruido que delatara al bicho que me había golpeado con aquella fuerza, o su posible tamaño para deducir qué era.

Esa noche me costó conciliar el sueño, lo reconozco, a pesar de que han sido muchos, muchos de verdad, los cientos de noches de vivacs que he disfrutado, muchas de ellas en soledad. ¿Aquellos golpes fueron obra del zorro?, no lo sabré nunca, pero casi con toda seguridad así fueron, no hay muchas más explicaciones. Sea lo que sea, recordar que son animales salvajes y pueden morder. No es broma.

Decir que quince días después me encontraba en la misma tesitura, y por más que esta vez sí estaba preparado con la cámara (y la bolsa de comida bien protegida), convencido de que aparecería mi amigo zorro de nuevo, este no apareció, me abandonó, y a decir verdad la noche fue de lo más tranquila. Y como colofón diré que ninguna de las esperas dio su fruto, pero los momentos vividos fueron, sin duda, igual de excitantes.

Salud.
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Dates
  • Taken: May 10, 2014
  • Uploaded: Mar 20, 2020
  • Updated: Mar 27, 2020